Cuando la masa manda la democracia obedece

Por: Leonardo Gil

Las democracias no suelen morir entre tanques y fusiles. Mueren, casi siempre, entre aplausos, consignas y pantallas encendidas. Mueren cuando el ciudadano deja de pensar y se conforma con reaccionar. En ese punto exacto comienza lo que hoy podemos llamar, sin eufemismos, el reino del hombre masa.

El hombre masa no es ignorante por falta de información. Es ignorante por saturación. Vive rodeado de titulares, opiniones, videos y estímulos constantes, pero ha renunciado al esfuerzo más básico de la vida democrática: pensar por cuenta propia. No analiza, no contrasta, no duda. Repite, comparte, se indigna y pasa al siguiente escándalo sin memoria ni consecuencias.

Este fenómeno no es accidental. El hombre masa es funcional al poder porque no exige explicaciones profundas ni proyectos serios. Exige espectáculo. Exige ruido. Exige enemigos. Confunde gritar con tener razón y viralidad con verdad. Cree participar porque comenta, pero no delibera; cree decidir porque vota, pero no comprende.

En este reino, la política deja de ser un espacio de responsabilidad colectiva y se convierte en entretenimiento permanente. El líder no es quien propone soluciones complejas, sino quien provoca emociones simples. La coherencia estorba. La profundidad aburre. La mentira se tolera siempre que entretenga y confirme prejuicios.

El hombre masa no castiga la incompetencia, castiga el silencio. No penaliza la corrupción, penaliza al que incomoda. No quiere datos, quiere relatos. No quiere contexto, quiere consignas. Y cuando la realidad se vuelve incómoda, se la niega o se la diluye en el ruido.

El mayor peligro no es la manipulación, sino la comodidad. Nadie obliga al hombre masa a comportarse así. Se entrega voluntariamente. Prefiere pertenecer antes que pensar, repetir antes que analizar, sentirse parte de algo antes que asumir la carga de la reflexión. Es una obediencia blanda, sin coerción, pero devastadora.

Así, la democracia conserva sus rituales pero pierde su sustancia. Hay elecciones, pero no deliberación. Hay discursos, pero no debate. Hay instituciones, pero no ciudadanía activa. El juicio colectivo se empobrece mientras el ruido crece.

El reino del hombre masa no se impone desde arriba. Se construye desde abajo, cuando la sociedad abdica de su deber crítico. Cuando pensar se vuelve un acto incómodo y cuestionar una herejía. Cuando la política deja de incomodar y solo busca entretener.

La pregunta no es si estamos informados. La pregunta es más urgente: ¿seguimos siendo ciudadanos capaces de pensar o ya nos sentimos demasiado cómodos viviendo, obedeciendo y aplaudiendo dentro del reino del hombre masa?

Ese es el verdadero colapso silencioso de nuestro tiempo: una sociedad que delega su juicio, terceriza su pensamiento y luego se sorprende de los resultados. No hay tiranos sin masas dispuestas a seguirlos, ni decadencia democrática sin ciudadanos que prefieran el aplauso fácil a la responsabilidad incómoda de pensar. La historia no absolverá a una generación que eligió distraerse cuando debía decidir.

Porque cuando la masa manda sin pensar, el poder gobierna sin límites, sin frenos y sin necesidad alguna de legitimidad.

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