Por Lic. Nelson Gutiérrez.
«No estoy gobernando Brasil. Estoy gobernando EE.UU.»
Con esa frase, Donald Trump rompió el silencio tras el balotaje en Brasil que dio la reelección a Luiz Inácio Lula da Silva con 51,79% frente a 48,21% de Flavio Bolsonaro.
Antes de abordar rumbo a Mississippi, Trump dijo que no tomó partido y que se lleva muy bien con Lula, pero añadió que «la prórroga que le concedieron fue muy extraña» y que le pareció «otra elección amañada». No presentó pruebas.
¿De qué prórroga habla? De la decisión del ministro Cristiano Zanin, del Supremo Tribunal Federal, de extender dos horas la votación hasta las 7:00 p.m. en zonas con problemas de transporte y lluvias. Una solicitud hecha por ambas campañas, según el TSE. En esas dos horas se emitieron menos de 35 mil votos. La ventaja de Lula fue de 4,4 millones. El TSE confirmó el 100% escrutado.
Desde el punto de vista jurídico, la prórroga no cambia el resultado. Desde el punto de vista político, sí importa. En un país polarizado y con un expresidente preso como Jair Bolsonaro, cualquier cambio de regla a última hora genera desconfianza.
La impugnación de Flávio no busca ganar en tribunales. Busca una ficha de negociación: reconocimiento del resultado a cambio de una salida para su padre.
Trump juega lo mismo. No rompe con Lula porque lo necesita, pero, le deja a su vez la duda instalada.
No es un debate sobre 35 mil votos. Es sobre quién controla la calle después del domingo.
El autor es:
Lic. en Derecho
Lic. Periodismo Digital
Y, Analista Político.






