Por. Elvos Valoy
Actualmente con una extensión de 391 kilómetros, y con diferentes trazados, los cuales han sido el resultado de las pugnas suscitadas entre los sectores de poder en determinados y traumáticos instantes por los que ha deambulado la Isla en su discurrir histórico, la frontera entre la República Dominicana y Haití es permanentemente objeto de conflictos y rencillas.
¿En qué han influido los diferentes escenarios pasados en la conformación de la actual frontera domínico-haitiana? Realmente en mucho, pues la mayoría de sus trayectos están indisolublemente ligados a contextos pasados. A raíz de las desgarradoras devastaciones de Osorio, donde este gobernador español desalojó por la fuerza a todo el perímetro insular costeño, como forma de evitar el intercambio comercial entre piratas y la población criolla a principios del siglo XVII, se inició la formación de lo que hoy es Haití. En la parte occidental de la isla de Santo Domingo se asentaron bucaneros y aventureros, principalmente franceses, que con el pasar del tiempo, fueron negociados por los gobiernos galos, paulatinamente reconociéndole esa zona como propia, separándola de la parte española.
Las dolorosas y sangrientas expulsiones llevadas a cabo por el regente de la isla Antonio Osorio, por órdenes expresas del rey Felipe III de España, auxiliándose inclusive de tropas militares acuarteladas en Puerto Rico, crearon a punta de espada los territorios de Bayaguana —que es la fusión de Bajayá y Yaguana—, y Monteplata —fundición de las regiones de Montecristi y Puerto Plata—.
Con la arbitraria medida, las autoridades ibéricas doblegaron a la población local a la pobreza, limitándose a que fueran sus ingresos, el anhelado Situado, partida económica que era esperada por gran parte de la ciudadanía, sentada en el Malecón; la precaria situación financiera nacional hizo que muchas familias se marcharan de aquí, buscando librarse del estado de postración isleña imperante.
Las largas y cruentas guerras y constantes contradicciones entre las metrópolis europeas, se reflejaban en todos los lugares de ultramar, convirtiendo sus rifirrafes en crisis de gobernanza y gobernabilidad en sus colonias.
En las postrimerías del centenario diecisiete, las potencias europeas firmaron el tratado de Ryswick, acuerdo transnacional en donde las fuerzas en conflicto del Viejo Continente devolvían todas las plazas conquistadas hasta ese momento. Con el convenio, Francia se aprovechó y «legitimó» la parte occidental de La Española, resultado social y económico de las devastaciones de Osorio, reivindicándola como de su pertenencia.
La interminable contienda en la frontera estaba lejos de llegar a su fin. Durante el siglo XVII, muchos gobernadores españoles les escribían a sus monarcas, quejándoseles de las constantes incursiones de intrusos a través del borde colindante entre las dos localidades para cometer fechorías. Es falso de toda falsedad, como argumentan personas que parecen no investigar, afirmar que la frontera domínico-haitiana ha sido históricamente un remanso de paz y confraternidad.
Hay que destacar que no fue hasta el 29 de febrero y el 28 de agosto del año 1776, cuando comenzó a cristalizarse una línea divisoria de hecho y derecho entre los dos pueblos, dando el paso trascendental de firmar un pacto el 3 de junio del 1777, materializándose convincentemente el primer deslinde de la frontera en ese entonces franco-española. Autoridades de ambas naciones tomaron los planos y los documentos anteriores a esa fecha de la línea divisoria, y se decidieron a delimitar la franja fronteriza. El destacado historiador Antonio Del Monte y Tejada, en su libro Historia de la Isla de Santo Domingo, tomo III, página 71, dice sobre el asunto: «…empieza la Línea de Demarcación de Límites en la Costa del Norte de esta Ysla y boca del río Dajabón o Masacre y termina en la Costa del Sur, y boca del río Pedernales o Riviére des Anses á Pitre, en cuyas orillas se han colocado las Pirámides que figura en el plano con las Yncripciones de France-España (la Y es colocada como aparece en el libro. E.V.), grabadas en piedra…».
La labor de zapa de bucaneros y filibusteros, que en la práctica buscaban apropiarse de la parte occidental de la isla, se convirtió en derecho inmediatamente después del dictamen.
El representante de Santo Domingo, José Solano y Bote, y el de Francia, Conde de Ennery, realizaron una encomiable labor de división, colocándose mojones y pirámides en todo el recorrido fronterizo, trato firmado en la comunidad de San Miguel de la Atalaya —esa comunidad pertenecía a la hoy República Dominicana, al igual que San Rafael, Hincha, Las Caobas, etc.—.
A partir del 1777 dos entidades distintas existían en la isla de Santo Domingo: una basamentada en las relaciones esclavistas, y la otra en un gobierno pusilánime y sin visión de futuro.
Pero los combates, rebatiñas y refriegas continuaron su agitado curso, y ya en los finales de la centuria dieciochesca, Francia y España firmaron el 22 de julio de 1795, en la ciudad suiza de Basilea, un acuerdo en donde la segunda le entregó sus predios a la primera, convirtiendo los deslindes colocados en 1776 en puras figuras decorativas. El tratado de Basilea trajo un enorme disgusto a las mayorías criollas, pues desde el siglo diecisiete éstas venían combatiendo a los franceses, presentándose su instante de clímax en el naciente siglo XIX, con la batalla de Palo Hincado, enfrentamiento entre nacionales liderado por Juan Sánchez Ramírez, y las tropas francesas acantonadas en el Santo Domingo Español.
Ya en 1814, Francia le cedió a España en París, la parte que había usufructuado a raíz del tratado de Basilea, retornando ambos países a las relaciones limítrofes existentes en 1777, acuerdo conocido como el tratado de Aranjuez.
En otra fecha posterior, específicamente en abril de 1825, Francia cedió a Haití la parte francesa de la isla La Española. Sin embargo, las incursiones haitianas a territorio dominicano no se detenían. Ni la proclamación de la Independencia Nacional en 1844 logró desalojar de San Miguel de la Atalaya, Hincha, San Rafael, Las Caobas, una parte de Bánica, etc., a los invasores haitianos que actuaban como oportunistas ocupantes de tierra. El historiador Emiliano Tejera, en sus Escritos Diversos, concibe el fenómeno de la siguiente manera:« Durante doce años se lucha casi constantemente: Haití
invadiendo, Santo Domingo resistiendo, hasta que los desastres de 1856 hacen comprender al fin al
pueblo haitiano que Santo Domingo es inquebrantable en su resolución de ser independiente. La lucha cesa en ese año para no renovarse más, y muchos pueblos se mantienen en los puntos que habían ocupado durante la guerra».
Me detengo aquí y seguiré con el tema en una próxima entrega.







