Por Ángel Puello
Si por una de esas jugadas de la vida me dijeran: “Ángel, tienes exactamente 24 horas para ser presidente de la República Dominicana”, no perdería un minuto celebrándolo. Miraría el reloj y comenzaría a trabajar.
Porque 24 horas no alcanzan para transformar un país, pero sí pueden alcanzar para cambiarle el rumbo.
A las 8:00 de la mañana reuniría al gabinete y daría una instrucción sencilla: durante las próximas 24 horas nadie viene a explicarme por qué algo no se puede hacer; viene a decirme qué necesitamos para comenzar a hacerlo.
Mi primera decisión sería ordenar un gran plan nacional contra el costo de la vida. Convocaría productores, supermercados, importadores, comerciantes, economistas y representantes de los consumidores. No para hacer otra reunión: para identificar dónde se encarece la comida desde el campo hasta la mesa y comenzar a eliminar trabas, intermediaciones innecesarias y distorsiones. Comer no puede convertirse en un lujo.
A las 10:00 de la mañana pondría en marcha una intervención nacional de seguridad en los puntos con mayor incidencia delictiva, combinando tecnología, inteligencia, iluminación, cámaras, patrullaje y prevención. La meta sería clara: que el ciudadano honrado recupere las calles y que el delincuente sea quien tenga miedo de encontrarse con la autoridad.
Antes del mediodía firmaría una disposición para iniciar una verdadera guerra contra la burocracia. Cada institución tendría que identificar los trámites absurdos que obligan al ciudadano a llevar papeles que el propio Estado ya posee. Mi sueño sería sencillo: que algún día el dominicano pueda decir “fui a una oficina pública y resolví” sin que eso parezca un acontecimiento extraordinario.
A las 12:00 convocaría empresarios, trabajadores, universidades y sectores productivos para comenzar un gran pacto por el empleo y los salarios. Incentivos para quien cree nuevos empleos formales, programas intensivos de capacitación tecnológica y oportunidades especiales para jóvenes que buscan su primer trabajo. No regalar dinero: multiplicar oportunidades.
A las 2:00 de la tarde tocaría salud. Comenzaría un programa nacional para garantizar medicamentos esenciales a pacientes vulnerables y establecería un sistema transparente que permita saber dónde hay medicamentos, dónde faltan y cuánto compra el Estado. La enfermedad ya es suficientemente dolorosa para agregarle la angustia de no poder comprar una medicina.
Y dedicaría una parte importante de esas 24 horas a un asunto que ningún gobierno dominicano puede darse el lujo de ignorar: la inmigración irregular y la protección de nuestra identidad nacional.
Ordenaría comenzar un plan nacional permanente de control migratorio, organizado, tecnológico, transparente y respetuoso de la ley. República Dominicana comparte una isla con Haití, un país que atraviesa desde hace años una profunda crisis política, económica, social y de seguridad. Podemos ser solidarios, pero ninguna solidaridad puede significar renunciar al derecho de organizar nuestro territorio.
Un país que no sabe quién entra, quién permanece y bajo qué condición migratoria termina perdiendo capacidad para planificar sus hospitales, escuelas, viviendas, empleos y servicios públicos. Por eso fortalecería el control fronterizo, los sistemas de identificación y registro, las inspecciones migratorias y la aplicación de las leyes laborales y migratorias, respetando el debido proceso y la dignidad de cada persona.
También dejaría algo absolutamente claro: República Dominicana tiene derecho a preservar su soberanía, su cultura, su historia, sus símbolos, su idioma y su identidad. Ayudar a Haití cuando sea posible y defender los intereses dominicanos no son conceptos incompatibles. La cooperación internacional debe contribuir también a que la comunidad internacional asuma responsabilidades frente a la crisis haitiana. República Dominicana no puede cargar sola con las consecuencias de una crisis que no creó.
A las 4:00 llegaría uno de los temas que más irritan al dominicano: la electricidad. Ordenaría publicar de manera comprensible los números de las distribuidoras, pérdidas, compras, gastos, interrupciones y resultados. Y establecería metas medibles de cero apagones y cero cobrar de más a la gente el costo de la energia.
A las 6:00 de la tarde enviaría al Congreso proyectos dirigidos a fortalecer las consecuencias contra la corrupción y recuperar con mayor rapidez el dinero público obtenido ilícitamente, siempre respetando el debido proceso. Robarle al Estado no es robarle a una institución abstracta: es quitarle medicinas al enfermo, aulas al estudiante y oportunidades al pobre.
Pero todavía me quedarían algunas horas.
Las dedicaría a iniciar una revolución de pequeñas soluciones: iluminación de sectores, eliminación de vertederos improvisados, reparación de calles y aceras, recuperación de espacios públicos, agua potable, organización del tránsito y respuesta rápida a denuncias ciudadanas.
Y antes de entregar la banda presidencial haría algo todavía más importante: dejaría públicamente establecidos responsables, fechas, presupuestos, indicadores y una plataforma donde cualquier dominicano pudiera comprobar qué se prometió, quién debe hacerlo, cuánto cuesta y cuánto se ha cumplido.
Porque gobernar también debe significar rendir cuentas.
A las 7:59 de la mañana siguiente miraría el reloj.
Mis 24 horas habrían terminado.
Naturalmente, todo esto es un sueño. Ningún presidente puede resolver décadas de problemas en un día. Pero muchas transformaciones sí pueden comenzar con decisiones tomadas en 24 horas.
Y poniendo los pies sobre la tierra, antes que ser yo presidente, en este tiempo me conformo con algo que considero igualmente desafiante: aportar mi talento, experiencia, creatividad y capacidad estratégica para contribuir a colocar en la Presidencia al próximo presidente de los dominicanos; uno capaz de comenzar a hacer todo lo anterior y mucho más.
¿Existe ese liderazgo ?
Estoy seguro que en República Dominicana ya está.
Y en mis próximos artículos lo menciono y digo las razones que lo podrían llevar a ser presidente en el 2028






